Ana y sus hermanas caminaban cada día hasta la estación.
Chiquitas, lindas, de la mano.
Con ilusión se acercaban al final de cada tarde hasta las vías, hasta la casa vieja de madera con bancos en el frente donde esperar.
La tarde se reflejaba en los vidrios de las ventanas de la estación, las sombras de Ana y sus hermanas recorrían las tablas del piso.
Las sombras corrían y jugaban y peleaban.
Las sombras quedaban con los cachetes colorados y llenas de sudor.
Felices de jugar.
Las sombras.
Ana y sus hermanas no.
La noche instalada las veía perderse de regreso a la casa.
El tren no pasaba nunca.
O no traía a quién Ana y sus hermanas esperaban.
Que es lo mismo que no pasar.
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